Duele. El fin de una relación intensa siempre es difícil para ambas partes y más aún cuando aquel idilio romántico fue el primer gran amor.

Sin embargo, dos investigaciones señalan que, a diferencia de lo que algunos podrían creer, no son las mujeres las que más sufren luego de romper.

Un estudio desarrollado por la Universidad College London, realizó un seguimiento a 2,000 hombres y mujeres divorciados años después de que se habían separado.

La investigación concluyó que los hombres no suelen superar adecuadamente sus relaciones más significativas.

Si bien es cierto que las mujeres suelen ser las más afectadas cuando finaliza una relación, son capaces de superarlo con el tiempo.

El estudio, por ejemplo, encontró que se volvían más extrovertidas tras el divorcio, mientras que ellos se convertían en personas más inestables emocionalmente.

Estar enamorado es como estar borracho.

Lo dice la ciencia a partir de los resultados de una investigación realizada por la Universidad de Birmingham, publicada en Neuroscience Biobehavioral Reviews.

La resaca es una de las experiencias más crueles de este mundo, y así como hay cruda luego de beber alcohol, también la hay tras una ruptura amorosa.

Sin embargo, la creencia de que sólo las mujeres sufren por amor tampoco es del todo cierta.

Las siguientes ilustraciones nos demuestran y nos recuerdan el subibaja en el que se convierte la vida de los chicos días después de terminar con alguien.

Todo pierde sentido, las cosas que antes te llenaban de felicidad ahora apenas te parecen atractivas.

Los minutos se convierten en horas, las horas en días y los días en pausas insufribles.

De pronto te das cuenta de que no sólo pierdes a una novia, también pierdes a la amiga con la que reías hasta que te dolía el estómago, misma con la que podías ser auténtico y con la que no necesitabas filtros.

Las cosas ahora parecen menos divertidas.

Quizá ella ya esté con alguien más, piensas.

Entonces intentas volver al ruedo y decides salir con alguien más, pero alguien más no es ella.

Agradeces las motivaciones de tus amigos para “recuperarte” y “ponerte en forma”.

Lo harías si no fuera por el enorme peso que sientes en cada parte del cuerpo y la tristeza que imposibilita tu movimiento.

Ese peso es el recuerdo de ella, son las memorias que no te dejan en paz un solo minuto.

Lo vuelves a intentar… ¿cómo te darías por vencido tan fácilmente?

Piensas que es momento de dejar todo a un lado, de volver a comenzar, de encontrar nuevos horizontes.

Te decides y sales a buscar tu felicidad, pero –inconscientemente– sólo intentas encontrarla a ella.

Aunque lo evitas los recuerdos te alcanzan, parecen tener voz propia.

Te es imposible ver, escuchar y hacer cualquier cosa sin recordarla a ella. Todos los objetos a tu alrededor parecen conspirar en tu contra para que nunca la olvides.

Eres pésimo cuando intentas engañarte a ti mismo. Aunque lo niegues, quieres que ese teléfono suene y que sea su nombre el que aparezca en tu pantalla.

Pero nada, para tu sorpresa, desde hace días no recibes un sólo emoji desde su teléfono, ningún mensaje de “buenos días”, mucho menos un “te extraño, muero por verte” o “regresa conmigo”.

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