Pocas historias reales superan la ficción. Esta es una de ellas. En enero de 2008 una madre de buen pasar económico y residente en Las Condes, Chile, acordó con su segundo hijo médico -titulado en la Universidad Católica- matar al primogénito. Le apodaban “Robertito”, quien a los pocos días de nacer en 1958 sufrió una meningitis que lo transformó en un sujeto dependiente en todo sentido: debía ser trasladado varias veces al día y recibir la comida como un bebé.

Su madre, entonces de 76 años, estaba superada, porque durante -casi- los últimos 50 años había hecho lo mismo. Por esta razón, la mujer y el doctor se coludieron para ejecutar un pacto siniestro que incluyó un revólver Smith and Wesson calibre 32, la tierra seca y pedregosa de la II Región, vínculos con la revolución chavista en Venezuela y una muerte en Francia. La historia la revela la Unidad de Investigación de Radio Bío Bío.

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El miércoles 14 de agosto a las 13.40 pm hora local, el fiscal oriente Francisco Lanas formalizó ante el Cuarto Juzgado de Garantía de Santiago a Evelyn Smith y a su hijo Juan Andrés Marambio Smith, por los delitos de parricidio y homicidio calificado, respectivamente.

Pudo ser una de las tantas audiencias que a diario se realizan en el Centro de Justicia, pero no lo fue, porque detrás de la formulación de cargos se escondía un siniestro secreto familiar que estuvo guardado celosamente por diez años.

Evelyn Smith y Juan Andrés Marambio, médico titulado en la Universidad Católica, se coludieron a principios de 2008 para asesinar al primogénito, a quien coloquialmente apodaban “Robertito”.

Lea el acta de formalización

No fue un homicidio cualquiera. “Robertito”, a los pocos días de nacer en 1958, contrajo una meningitis que desde entonces lo convirtió en un sujeto dependiente de su madre en todo sentido. Su progenitora debía mudarlo, bañarlo y darle de comer a diario como si fuera un bebé.

En los documentos judiciales de la Fiscalía, “Robertito” es Juan Roberto Marambio Smith, quien habría cumplido 50 años en abril de 2008, pero no alcanzó.

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El 31 de enero de ese año, su madre lo sacó de casa y ambos abordaron un taxi. Se dirigieron al supermercado Jumbo de Avenida Bilbao, donde su hijo doctor los esperaba en una camioneta que arrendó especialmente para viajar a la ciudad de Antofagasta. Antes de partir, la mujer revisó si en su cartera portaba el revólver Smith and Wesson calibre 32. Y estaba en su lugar con cuatro balas en la nuez.

Fue un viaje largo. El 1 de febrero, por pocas horas, durmieron en Copiapó. En la ciudad Juan Andrés aprovechó de surtirse de lo necesario para lo que venía. En una ferretería local compró un chuzo, un cincel, un combo, un escobillón, una pala, sacos de escombro, guantes y cinta para proteger sus manos.

Al día siguiente, a las 09.00 am., los tres llegaron al sector La Negra, distante a una hora de Antofagasta.

Juan Andrés bajó del auto, caminó unos metros sobre un cerro cercano y cavó una fosa. Colocó a su hermano dentro -a quien sedó previamente- lo cubrió con arena hasta la cintura y le disparó en la cabeza. Luego paleó el resto de la tierra, dejándolo enterrado.

Junto a su madre volvieron a Santiago y mantuvieron el secreto. Poco más de una década después –mayo de 2018- la mujer no pudo más con su conciencia y se autodenunció al Ministerio Público y en su declaración incluyó a su hijo Juan Andrés como el autor material del crimen. Por lo anterior, se solicitó una orden de detención y otra de entrada y registro a su departamento, lo que fue rechazado por la Jueza Marcela Maureira el 9 de agosto. Entre otros argumentos, porque el cuerpo no había sido encontrado.

Las herramientas

La primera parada -entre el 31 de enero y el 1 de febrero- fue en Copiapó, donde se alojaron en una cabaña. Juan Andrés, decidido a terminar con la vida de su hermano, compró en una ferretería local un chuzo, un cincel, un combo, un escobillón, una pala, sacos de escombro, guantes y cinta para proteger sus manos. El trabajo sería duro. El desierto no es un lugar de tierras blandas.

Ya en Antofagasta pernoctaron en un hostal y a la mañana siguiente, Juan Andrés y Evelyn Smith se subieron a la camioneta junto Juan Roberto, quien ingirió una pastilla que lo mantenía relajado y con tendencia al sueño.

Juan Andrés conocía bien la zona. Años antes había trabajado en la minera Escondida como gerente de salud en los 90’s. El rumbo estaba claro ese 2 de febrero de 2008: la entrada sur de Antofagasta en la zona conocida como “La Negra”.

La pastilla durmió a Roberto en el camino. Juan Andrés le dijo a su madre que era para evitar que sufriera.

Los tres llegaron pasadas las 9.00 am. La camioneta enrumbó hacia un cerro de unos doce metros de altura que terminaba en un plano. Juan Andrés bajó de la camioneta, caminó unos metros y observó si el lugar servía para su cometido. Volvió y sacó el chuzo, el cincel, el combo, el escobillón, la pala, los sacos de escombro, los guantes y la cinta que protegerían sus manos. Antes de partir hacia el desierto, encendió la radio y prendió el motor para dejarlo en ralentí.

“Mijito, mijito”

La roca es dura en la zona y luego de dos horas y media a tres, terminó de cavar un hoyo de un metro veinte de profundidad y 60 centímetros de diámetro. Hecho eso, Luis Andrés fue en busca de su hermano Luis Roberto. La madre de ambos despertó de golpe cuando escuchó que las herramientas fueron depositadas en la parte trasera de la camioneta. “Estamos listos”, le dijo. Acto seguido la mujer sacó de su cartera el revólver Smith and Wesson calibre 32 cuya nuez estaba cargada con cuatro balas.

El doctor la guardó en su bolsillo y bajó a “Robertito” del automóvil. Su madre entró en un ataque de llanto y lo abrazó por cerca de diez minutos y repetía “mijito, mijito”, besándolo en la cara y la frente, como señal de despedida para alguien que ni siquiera sospechaba qué sucedería momentos más tarde.

Primero, ambos hermanos caminaron, pero el terreno lo impedía. Luis Andrés, entonces, tomó a “Robertito” en brazos y continuó.

En la excavación Luis Andrés desenrrolló una colchoneta de camping -y mientras “Robertito” dormía, lo desnudó y ubicó en el foso en posición fetal. Y para evitar que se moviera lo llenó de tierra hasta la cintura.

Juan Andrés tomó el revólver y estuvo unos cerca de cinco minutos preparándose sicológicamente para lo que venía, pero la angustia lo atrapó. Es posible que un mal recuerdo volviera a su conciencia, porque no era la primera vez que se involucraba con la muerte. Unos años antes fue detenido y encarcelado en París, luego que el hombre con el que discutía cayó a las líneas del tren y falleció.

Como fuera, Juan Andrés, el médico titulado en la Universidad Católica, viajero, el segundo de los tres hermanos, el más cercano a su madre y que en pocos días regresaría a Venezuela, tomó el revólver, jaló el gatillo y asestó un disparo certero en la cabeza de su hermano.

La sangre no tardó en llegar a la espalda y los hombros, momento en que Juan Andrés revisó los signos vitales: su hermano estaba muerto. Acto seguido se despidió de él, tapó la fosa, retiró la ropa y las herramientas y regresó a la camioneta. Allí lo esperaba su madre, quien le preguntó cómo estaba “Robertito”. El segundo de sus hijos, el ejecutor, el autor intelectual de la muerte, le respondió: “bien”.

Evelyn Smith quiso conocer el lugar, así que Juan Andrés la llevó. Ambos lloraron por un rato mirando el paisaje.

Si la decisión de asesinar a “Robertito” demoró unos cuantos días, ahora empezaba lo peor: mentir sobre su paradero, guardar el secreto y el lugar donde lo enterraron, pero sobretodo, convocar día a día al olvido.

La segunda parte, quizás la más difícil luego de asesinar a un hermano -y para su madre permitirlo- estaba por comenzar. Es el sábado 2 de febrero de 2008, en medio del árido desierto nortino. “Robertito” esta muerto, Juan Andrés acaba de cometer un crimen y su madre es coautora. En cualquier caso, una familia más allá de lo disfuncional.

Distancia

Evelyn Smith y Jorge, su tercer hijo, siempre mantuvieron una relación distante. Desde que era pequeño fue siempre igual. Por eso nunca le contó del homicidio y desaparición de Luis Roberto. La confianza no era mutua.

Jorge, antes del homicidio, vivió en Antofagasta a fines de los 90’s en la casa de Luis Andrés -quien trabajaba en la minera Escondida-, para luego independizarse y contraer matrimonio.

En 2005 la pareja volvió a Santiago. Jorge intentó retomar el vínculo con su madre a fines de 2006, pero la relación nunca mejoró. Las visitas eran esporádicas y discusiones constantes volvieron a distanciarlos.

Así transcurrieron los años, hasta que en 2008 pocos meses después del homicidio de “Robertito” y con Juan Andrés viviendo en Venezuela, Jorge se reunió nuevamente con su madre. La propiedad cercana a la Avenida Colón era muy grande para una mujer mayor, entonces de 76 años, por lo que se mudó a otro en la misma comuna de Las Condes.

Durante los años siguientes, Jorge inquirió constantemente donde estaba Roberto. Ella insistía en que su hermano estaba bien cuidado y que hablar del tema la emocionaba en demasía. Jorge no volvió a preguntar. Mantener una buena relación se hizo primordial.

Cambio de casa

La primera semana de 2017 Evelyn Smith escuchó que tocaban el timbre. Estaba acostada y apenas se levantó, cayó el piso quebrándose la muñeca. Como pudo se arrastró hasta la puerta y logró abrirla. Al otro lado estaba su hijo Jorge quien venía a visitarla.

De inmediato la llevó a la clínica Cordillera, donde fue tratada. El Médico Juan Andrés, apenas se enteró, le dijo que estaba todo preparado en el hospital Sótero del Río para operarla. Ella se opuso de inmediato -no en vano habían asesinado en concierto- y se quedó a vivir con su hijo Jorge.

Los primeros meses de 2018 Jorge volvió a la carga con su mamá. Quería saber dónde estaba “Robertito”, pero al mismo tiempo buscaba resolver el destino de los bienes familiares y evitar los trámites engorrosos. Fue en ese momento que el tinglado de mentiras comenzó a desmoronarse, cuando la madre le explicó que no existía un certificado de defunción. Jorge supo de inmediato que algo pasaba, pero no logró que su madre le contara toda la verdad.

Paralelamente, su esposa Marcela poco a poco fue ganándose la confianza de su suegra y comenzó a manejar la cuenta corriente de esta última. A los pocos días accedió a la cartola del banco y se percató que no habían transferencias hacia un hogar donde supuestamente estaba “Robertito”.

El 20 de abril de 2018 todo cayó al despeñadero. Jorge escuchó primero de boca de su madre que “Robertito” se había caído en la ducha, que había muerto y que junto con Juan Andrés lo enterraron en Antofagasta. La nueva mentira poco duró. Evelyn Smith, diez años más tarde, decidió contar por fin la verdad: a “Robertito” lo habían asesinado y estaba enterrado en el desierto.

Se termina el silencio

La confesión dejó a Jorge estupefacto. “Me cag**** la vida, mamá”, le gritó. Luego llamaron a un abogado y se develó el secreto.

El 22 de mayo de 2018 Evelyn Smith ingresó vía oficina de partes en la Fiscalía Oriente una autodenuncia donde contó, al menos, la verdad procesal.

El 4 de julio prestó por declaración por primera vez ante el Ministerio Público renunciando a su derecho a guardar silencio. Confirmó sus dichos e incluyó a su hijo Juan Andrés como autor de la muerte de “Robertito”.

Lea la decisión judicial

El perseguidor imputó a la madre por el delito de parricidio y solicitó la medida de arresto domiciliario atendido que tiene 87 años. En tanto, a su hijo le formularon cargos por homicidio calificado y pidió la medida cautelar de prisión preventiva.

Para sorpresa del Ministerio Público solo impuso arraigo nacional y arresto domiciliario total al autor del crimen y se allanó en el caso de la mujer.

En tanto, Juan Andrés Marambio Smith, vive en el mismo departamento en el que moró por años su hermano enfermo, quien hasta hoy está desaparecido. En su facebook, salvo una foto de su padre, no hay más registros de su familia. Menos de “Robertito”.

Fuente: BioBiochile.

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